En estos tiempos tan convulsos, enmarcados en la lucha feroz por el dominio absoluto del planeta y sus recursos, por parte del imperialismo de los EE.UU e Israel y su cohorte de seguidores, no siempre es fácil identificar el bien, ubicarse ante un conflicto y saber en cada momento de qué lado estar. Y esto es así porque a menudo las cosas no se presentan de un modo diáfano e inequívoco, y los países que tienen el coraje de desafiar al imperio albergan sus propias miserias, que no pueden siempre justificarse por la influencia occidental o la conjura americano-israelí.
Ante los hechos de Líbia, por ejemplo, uno piensa en lo fácil era dejarse arrastrar por la pasíon del pueblo tunecino, o la lucha incansable de los egipcios; o qué justa nos parece la causa palestina o saharaui, cuando vemos al ejército israelí o marroquí masacrando a la población civil. Pero en ocasiones el imperialismo utiliza tácticas mucho más sutiles, y entonces ¿qué hacer si se infiltra en movimientos insurgentes, contra presuntas dictaduras, que encima responden abriendo fuego real contra su propio pueblo? ¿qué hacer si, por ejemplo, los hechos de Tiananmen en el 89 o de Srebrenica en el 95 son ciertos, aunque sólo sea en parte? por no hablar de los métodos represivos o de control de la población en los países de la antigua URSS.
Estos hechos, desde luego, no hacen bueno al capitalismo dominante. Pero tampoco sucede al revés: las miserias del capitalismo occidental no justifican cualquier cosa en el otro bando, pues a fin de cuentas, se supone que ante el capitalismo hay que construir una alternativa mejor. Esto parece obvio, pero a menudo domina una mentalidad de guerra fría donde la información es utilizada como un arma por ambos bandos; y de este modo los valores morales y la verdad misma acaban degradándose a apreciaciones relativas, más o menos elásticas y huecas. Pero entonces, ante el horror, uno se da cuenta de que ha hipotecado sus palabras, y tiene que ahogar sus sentimientos humanos en el silencio cómplice, o contraponer cuestiones geopolíticas o ideológicas más o menos abstractas.
Por eso creo que en todos los casos, es esencial determinar la veracidad de los hechos, dar la versión más completa de los mismos, en su contexto y con sus causas; y es evidente que esa veracidad no debe buscarse en los medios de comunicación alineados, o infiltrados de intereses tácticos. Pero es fundamental tener claro que la verdad no es un accidente despreciable: en el fondo son los hechos los que ponen a un régimen del lado del bien o del mal, y no es la presunta virtud de un regimen o dirigente el que hace que todos sus actos sean virtuosos, independientemente de su dimensión objetiva, como si estuviera respondiendo a una función histórica escrita de antemano. Esto parece muy obvio, pero en la búsqueda de la justicia social, de la construcción de un mundo mejor y de la lucha por el bien, a veces nos dejamos la verdad y la razón por el camino, y cuando nos damos cuenta no tenemos más que nuestra estéril voluntad de creer.
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