Como todo el mundo sabe, las elecciones del nueve de marzo han marcado un hito en el desarrollo bipartidista del régimen político que impera en nuestro país. Si entendemos por democracia la participación de los ciudadanos en el gobierno de la cosa pública, lo cierto es que el sistema de partidos de listas cerradas y opacidad en lo financiero tiene bien poco de democrático. Pero ahora, el ya de por sí pobre y viciado debate político que cabía entre las murallas de este degradado sistema se ve ulteriormente vaciado de contenido al quedar constreñido al estrecho margen que media entre los dos grandes partidos ganadores de las últimas elecciones generales. Estos dos colosos representan el debate político del país como dos marionetas en un teatrillo, hundiéndose cada vez más en la caricatura de sí mismos. Se ha dado un gran paso hacia un sistema estilo americano, de bipartido único. Sólo desde una recalcitrante estrechez mental se puede pretender que en un sistema así cabe más democracia que en un régimen como el cubano, que en realidad es tan democrático que un solo partido basta para enmarcar cotas mucho más elevadas de participación popular.
La otra cara de la moneda en este avance imparable hacia la dictadura del bipartido, es el desfallecimiento definitivo a la izquierda transformadora representada en IU, que ha sido asfixiada en el ambiente enrarecido de este sistema, condenada al ostracismo mediático y castigada por la ley electoral. Pero más allá de acusar al propio régimen de ser lo que es, se impone la necesidad de integrar esta última experiencia en el bagaje histórico de la izquierda y sacar conclusiones prácticas. Personalmente, he creído que era necesario cierto realismo y abandonar posiciones maximalistas a cambio de una mayor influencia en el gobierno, que pudiera traducirse en hechos concretos que supusieran de algún modo algún paso real hacia adelante. Creí, como muchos, que paso a paso podía ir calando un cambio de mentalidad en la sociedad, la cual, excitada por los cambios y recobrada su ilusión por la política, llegaría a demandar cambios cada vez más profundos, avanzando cada vez más hacia la izquierda. Otros pensaban que la izquierda transformadora debía en cambio explicitar su estructura ideológica y hacer una oposición global al gobierno, evitando una colaboración que pudiera arrebatarle su identidad. A la luz del resultado electoral, pienso que del mismo modo que era necesario antes intentar la táctica de la influencia, lo es ahora ser consecuente y sancionar su fracaso. Vistos los resultados, a la izquierda le resta solamente un camino: abandonar el empeño de influir en el gobierno y centrarse en influir directamente a la sociedad, arcentrarse en su reimplantación en la calle, los barrios y la organización de frentes de masas y dejar la vida institucional en un segundo plano, porque las instituciones deben ser la última conquista: si antes no se ha creado una sociedad alternativa a todos los niveles, anclando la política a la calle e involucrando a las bases sociales, la labor institucional de unos pocos diputados acabará precipitando de modo irremediable en el agujero negro de la socialdemocracia, donde se desactiva cualquier ansia de cambio huérfana de referentes fuertes. Nosotros debemos hacer la política, día a día, organizándonos desde la base, haciendo política desde nuestros roles en la vida cotidiana, siendo permanetemente críticos y rebeldes, corroyendo el sistema desde abajo como pequeñas termitas, al tiempo que ponemos en marcha estructuras, puntos de encuentro y modos de participación alternativos. Entiendo que en este momento es el único camino posible para la izquierda transformadora y revolucionaria, apostar por la democracia popular y participativa que active la dimensión política de la ciudadanía en toda su potencialidad desbordando el sistema actual. Todo lo demás, la política de lobbys y de influencias en el gobierno, de participación limitada e indirecta para la introducción de ciertos matices o enmiendas simbólicas, toda esa pseudo-política restringida a unos pocos bajo el control de la oligarquía a través de sus medios de comunicación, sus corporaciones y sus brazos políticos, no merece la pena.
La otra cara de la moneda en este avance imparable hacia la dictadura del bipartido, es el desfallecimiento definitivo a la izquierda transformadora representada en IU, que ha sido asfixiada en el ambiente enrarecido de este sistema, condenada al ostracismo mediático y castigada por la ley electoral. Pero más allá de acusar al propio régimen de ser lo que es, se impone la necesidad de integrar esta última experiencia en el bagaje histórico de la izquierda y sacar conclusiones prácticas. Personalmente, he creído que era necesario cierto realismo y abandonar posiciones maximalistas a cambio de una mayor influencia en el gobierno, que pudiera traducirse en hechos concretos que supusieran de algún modo algún paso real hacia adelante. Creí, como muchos, que paso a paso podía ir calando un cambio de mentalidad en la sociedad, la cual, excitada por los cambios y recobrada su ilusión por la política, llegaría a demandar cambios cada vez más profundos, avanzando cada vez más hacia la izquierda. Otros pensaban que la izquierda transformadora debía en cambio explicitar su estructura ideológica y hacer una oposición global al gobierno, evitando una colaboración que pudiera arrebatarle su identidad. A la luz del resultado electoral, pienso que del mismo modo que era necesario antes intentar la táctica de la influencia, lo es ahora ser consecuente y sancionar su fracaso. Vistos los resultados, a la izquierda le resta solamente un camino: abandonar el empeño de influir en el gobierno y centrarse en influir directamente a la sociedad, arcentrarse en su reimplantación en la calle, los barrios y la organización de frentes de masas y dejar la vida institucional en un segundo plano, porque las instituciones deben ser la última conquista: si antes no se ha creado una sociedad alternativa a todos los niveles, anclando la política a la calle e involucrando a las bases sociales, la labor institucional de unos pocos diputados acabará precipitando de modo irremediable en el agujero negro de la socialdemocracia, donde se desactiva cualquier ansia de cambio huérfana de referentes fuertes. Nosotros debemos hacer la política, día a día, organizándonos desde la base, haciendo política desde nuestros roles en la vida cotidiana, siendo permanetemente críticos y rebeldes, corroyendo el sistema desde abajo como pequeñas termitas, al tiempo que ponemos en marcha estructuras, puntos de encuentro y modos de participación alternativos. Entiendo que en este momento es el único camino posible para la izquierda transformadora y revolucionaria, apostar por la democracia popular y participativa que active la dimensión política de la ciudadanía en toda su potencialidad desbordando el sistema actual. Todo lo demás, la política de lobbys y de influencias en el gobierno, de participación limitada e indirecta para la introducción de ciertos matices o enmiendas simbólicas, toda esa pseudo-política restringida a unos pocos bajo el control de la oligarquía a través de sus medios de comunicación, sus corporaciones y sus brazos políticos, no merece la pena.
