Italia funciona al revés. Qué pensar si no cuando 20 millones de personas votan a un fantoche fascistoide como Berlusconi que es como la visión esperpéntica del ya Valle-inclanesco Duce fascista; y un solo loco le parte la cara, arrojándole a las narices una miniatura bañada en bronce del Duomo de Milán, de esas reproducciones para los turistas que venden en la misma Piazza del Duomo. El episodio desborda elementos de lo más puro y clásico del género trágico, que es la representación del hombre como un títere y de los monumentos a los dioses como baratijas de juguete. El tal Tartaglia es la figura misma del anti-héroe quijotesco, inocente entre la perversión humana, el que paga por los pecados de los demás. Es como un pequeño Jesus del siglo XXI, que se inmola en este sistema de la violencia con un golpe directo y vano. La maquinaria del regimen, que digiere diariamente dosis enormes de abusos contra el débil y está acostumbrada a triturar como un enorme molino de viento cualquier asomo de moral y honestidad, se encarga de interpreta ese penúltimo acto dramático en la que finge aflicción y sorpresa por esta carga del pobre loco, mientras las plañideras del sistema le hacen de coro en el entreacto. Pero no nos engañemos: Don Quijote tenía razón.
lunes, 14 de diciembre de 2009
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