Corren tiempos dramáticos. La grave crisis que ha hecho tambalear el capitalismo no conseguirá tumbarlo, y los pueblos y los ecosistemas del mundo seguiremos bajo el peso de su bota.
En occidente continúa el proceso fascistizante, de recorte de libertades y derechos duramente conquistados, de construcción de estados policiales, de alienación y vaciado moral de la sociedad. El sur del mundo sigue sufriendo el expolio de sus recursos, el hambre, las guerras.. el modelo de crecimiento continuo y acelerado continúa inyectando veneno al medio ambiente, y droga consumista en el cerebro de las personas, desactivando nuestra conciencia de clase y de especie.
La bandera de la razón, levantada con tanta dignidad y tanto sacrificio en una lucha que ha vertebrado nuestra historia ha sido pisoteada, hecha jirones, desprestigiada y enterrada en el barro. Vivimos en la sociedad de lo inmediato, de las emociones, de los caprichos, de los miedos, de las paranoias.. e incluso la gente que se dice heredera de esa lucha apenas es capaz de articular un discurso coherente. Debemos retomar la palabra, la iniciativa, el pensamiento, reconquistar la conciencia.
Basta de discursos parciales, condicionados por la sinrazón de los grandes medios propagandísticos del gran capital, que banalizan la realidad, frivolizan con la vida de las personas, inundan de hipocresía el espacio de la ética. Debemos desarrollar nuestro propio análisis del mundo, en función de nuestros propios valores, de lo que consideramos prioritario. La izquierda debe superar los complejos y las inercias, debe esforzarse intelectualmente, no refugiarse en los cómodos eslóganes: articular un discurso serio para articular la lucha. La honestidad intelectual, la verdad, el pensamiento; nunca fue tan revolucionaria: hay que quitarle la máscara al monstruo que atenaza nuestras sociedades anestesiadas, hay que prestigiar la razón.
Para ello una de las primeras medidas debe ser emanciparse de la moral hipócrita que tiene secuestrada nuestra capacidad crítica: no entrar por el aro de críticas y condenas parciales dictadas por la agenda de los medios de comunicación, ir al corazón de los problemas, a la fuente y el motor de miseria en el mundo, el capitalismo, entendido también como una fuente de perversión moral, un demonio del que es preciso extrañarse, para poder valorar la justa dimensión de las cosas.
Junto a la razón como instrumento, es necesario prestigiar la disciplina, la responsabilidad y la conciencia de nuestros propios deberes, la sinceridad, la honestidad y la crítica deben mantenerse alerta, la corrosión moral, el pensamiento vago y miserable nos mantendrá prisioneros de la caverna.