La prohibición en Polonia de los partidos comunistas y de la simbología relativa a tal ideología es la enésima prueba de que nuestro continente se hunde en el fascismo. La izquierda que se considera tal no debe seguir formando parte de esta farsa, debe pasar a la ofensiva, plantearse la construcción de su sociedad como un valor absoluto, abandonando esta nave podrida, acaparando lo que es nuestro, su madera.
El gran engaño radica en la idea de democracia que venden estos regimenes capitalistas, como si una democracia fuera la mera conformación de una "mayoría" representada en las urnas a intervalos regulares de tiempo. El campo semántico es el principal campo de batalla, y es necesario empezar a desenmascarar estos artefactos que confunden el mapa conceptual de los ciudadanos, encerrándoles en un laberinto de contradicciones e incertidumbres. La democracia es la soberanía popular. No existe democracia cuando el pueblo está desarticulado, atomizado, dividido, alienado, cuando la opinión está secuestrada y domesticada por los grandes medios de comunicación, y el campo del pensamiento se reduce a unas grandes autopistas donde sólo algunas ideas pueden circular, mientras otras son apartadas en los arcenes, condenadas a ir a pie, arrojadas a los márgenes mudos de los textos. La democracia es poder, capacidad de decisión y de autogorbierno. Y aquí hay un primer concepto de esta ideología dominante que habría que desmontar: las mayorías que se conforman en los regimenes capitalistas no representan ninguna voluntad popular, son calcos de una situación precaria, sin valor en terminos políticos. No tiene por qué ser respetada, y mucho menos reverenciada, como mera mayoría estadística. No mientras no venga filtrada y pulida de todas las influencias y poderes fácticos que están condicionando su expresión, no debe serlo, si no ha nacido de la reflexión, sinó de respuestas irracionales, emocionales o reflejas. En ese sentido no tiene más valor que los balbuceos de un niño que intenta pronunciar sus primeras palabras, repitiendo lo que oye, ensayando sonidos aislados, ejercitando los músculos de su boca. La opinión de una sóla persona, si es una opinión propia, genuina, nacida de la reflexión o de su pensamiento; o la opinión de un pequeño grupo de personas que tiene oportunidad de debatir y conversar; tiene mucho más valor que los mandatos ciegos de las urnas, producto del aparato digestivo del regimen, que funda cabezas de puente en la opinión de grupos y colectivos ciudadanos, que coloniza las conciencias, que se basa sobre la estupidez y la inercia de las masas.
Por eso no debemos tener complejos de rechazar esta falsa democracia, que es un fascismo enmascarado. Por eso debemos ser sordos a los ladridos de los que intentan frenar la reconquista de nuestra propia conciencia de pueblo, de nuestra soberanía fundada en la acción y el debate, de los que quieren impedir la roturación de los márgenes abandonados e incultos.