lunes, 21 de junio de 2010

SIN OTRO MUNDO NO ES POSIBLE

Me pregunto por qué hay tan poca gente que va al meollo de la cuestión, incluídas personas que teóricamente encabezan partidos políticos que pretenden transformar el sistema, y pierden su escaso tiempo disponible ante los micrófonos para gastar aún más algunos lugares comunes que se van quedando huecos. Estamos ante una cuestión que antes que política es lógica, racional y científica: no se trata tanto de decir que otro mundo es posible como de asumir que este mundo no es posible mantenerlo mucho más tiempo, que sin otro mundo no es posible. El problema está en la esencia misma del sistema socio-económico que nos estrangula: no es posible el crecimiento ilimitado, no es viable un mundo basado en el interés privado, la humanidad es una especie o no es nada, y necesita asumir tomar conciencia de especie. Ningún individuo es inmortal, y por sí mismo no vale nada. Para asegurarnos nuestro futuro -el del planeta, afortunadamente, no depende de nosotros, pues seguirá ahí, aunque sea en forma de mineral poblado de bacterias- debemos salir del absurdo pozo del individualismo autodestructivo fraticida.

Los recursos son los que son. No se trata de competir por acapararlos todos, sinó de organizar un reparto justo de los mismos. Y debe ser justo no sólo entre los miembros de la especie humana, sinó también entre todas las especies que constituyen el ecosistema. "Producir" y "crecer" son ya actividades perversas, unas manías completamente inútil e irracional llegados a este punto, en el que hace décadas que hemos desbordado los límites de nuestra propia base de crecimiento. Débemos desempolvar la razón, tan olvidada en los últimos tiempos, y distinguir las prioridades: empezar por ponerle fin a nuestra expansión cancerosa por el mundo y retirarnos a nuestro nicho ecológico, y a partir de ahí, poner todo nuestro esfuerzo y capacidad tecnológica para garantizar las mejores condiciones de vida posibles para todos los miembros de nuestra especie, en un nuevo "desarrollo" hacia dentro, de decrecimiento planificado, desarrollarlo sobre la base del principio de los derechos humanos, ante los que todos los sujetos somos iguales. Un elemento esencial de ese proceso es el principio no ya de reparto de la riqueza, entendida como un botín arrebatado a la naturaleza, sinó de los recursos que nos corresponden como especie, y sin pensar que somos sus dueños, sinó más bien lo contrario. El único recurso que ponemos como especie es nuestra capacidad de trabajo, de interacción con el medio, y este no debe sólo ser justo con el medio sinó también con los miembros de nuestra especie: por eso el trabajo es lo primero que debemos repartir de forma igualitaria, como cualquier otro recurso.

Ese es el marco en el que pintar nuestro cuadro. Lo mejor que podamos con los colores que hay.