Lo más trágico de los sucesos de Londres es su ceguera. Parecen producto de una clase sin conciencia de sí misma, totalmente dependiente del sistema que la esclaviza. Sus protagonistas están llamados a ser masacrados, aplastados por las fuerzas represivas del mismo sistema que los ha engañado. Los suburbios de Londres, como los de París o los de cualquier otra gran ciudad del primer mundo, son grandes campos de exterminio a cámara lenta: no hay sitio en el sistema para los que allí viven. Deben simplemente languidecer sin molestar, como los pueblos del tercer mundo. Lo trágico es que cuando alzan la voz no son capaces de articular palabra, porque sus mentes van a la deriva, después de haber sido colonizadas y pisoteadas por toda la escoria ideológica del sistema, del que son la expresión más cruda. Ellos serán la excusa para el fortalecimiento del fascismo, que llegará puntualmente cuando la gente pida -como ya lo está haciendo- más mano dura.
Pero por esa vía hay sólo barbarie: la rebelión existirá de todos modos, porque no podemos escapar de la dialéctica, con o sin conciencia de clase. Y sin conciencia de clase, la rebelión protagonizada por masas alienadas con valores impropios, será una grotesca y trágica representación de lo que el propio capitalismo promueve: el saqueo directo, el egoísmo desenfrenado, la ley de la jungla sin maquillaje.
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